Consagración al sacerdocio

Los Hermanos sirven a Cristo y a Él en sus sacerdotes por los votos de obediencia, castidad y pobreza.

Entre los seguidores de Nuestro Señor estaban los Apóstoles y los demás discípulos, siendo que estos últimos servían a Nuestro Señor y secundaban la acción de los Apóstoles.

Lo mismo ocurre en nuestro Instituto, en el que los Hermanos sirven a Cristo y a sus sacerdotes por los votos de obediencia, castidad y pobreza.

Santificación del sacerdocio

Esta vocación de Hermano en el seno de nuestra Fraternidad sacerdotal es esencial a la vida de nuestra congregación: el hermano es el guardián espiritual de los sacerdotes con quienes convive, por sus oraciones, sacrificios, ejemplo de vida consagrada a Dios y a las almas, y también por su afecto sobrenatural y fraterno.

El corazón de la vocación de Hermano de la Fraternidad está en ofrecerse de este modo por la santificación de los sacerdotes. En esta misión sagrada encuentra la fuerza para cargar con su cruz cotidiana y sabe, por experiencia, que los sacerdotes reciben por esta generosa entrega muchas gracias de fidelidad de un valor que solo se sabrá en el cielo.

Compañero en el apostolado

Los Hermanos también contribuyen de modo bien directo en el apostolado. Ellos se consagran en primer lugar a las actividades litúrgicas, cuidan del buen orden de las ceremonias, de la sacristía y de los coros de canto.

Y ¿qué decir del ejemplo que su vida representa a la gente? Ellos son modelos vivos que testimonian la primacía de Dios, la superioridad del servicio divino sobre los goces de este mundo, de la caridad fraterna y del olvido de sí mismo en la humildad.

No es raro verlos dar el catecismo, visitar a los enfermos, administrar la secretaría. Los Hermanos también se encargan de las clases en las escuelas, de las bibliotecas de comunidad, de la despensa y de la cocina, mantienen las casas y sus dependencias por medio de diversos oficios como carpintero, albañil, jardinero, paisajista, etc.

De este modo, la vida del sacerdote se encuentra facilitada en su labor apostólica y puede consagrarse más libremente a las almas.

Nada es más urgente actualmente que obtener de la Divina Providencia los sacerdotes necesarios a la Iglesia y a las almas. Nuestros hermanos merecen toda nuestra gratitud y nuestras oraciones por dedicar sus mismas vidas a esa necesidad apremiante.