El llamado de la Iglesia

La vocación consiste esencialmente, en última instancia, en el llamamiento de la Iglesia, que confirma el deseo y las disposiciones del candidato para colaborar con la obra de la Redención realizada por Nuestro Señor, para de ese modo dar gloria a Dios y salvar a las almas.

La obligación de discernir las verdaderas vocaciones religiosas recae principalmente sobre el rector del seminario y sobre el futuro director espiritual del seminarista, designados por Dios, por medio del mandato del obispo, para esta responsabilidad tan difícil e importante. Si el aspirante es honesto y sincero en sus acciones y palabras, la naturaleza de su vocación se hará sin dudas clara.

Señales objetivas y exteriores de la vocación

En efecto, los signos de la vocación se reducen a dos: la aptitud y la intención recta. El futuro sacerdote, además de su piadosa intención de honrar a Dios y servir a las almas, debe mostrar también aptitud a la vida consagrada y esta aptitud, a su vez, es doble: negativa y positiva. La aptitud negativa consiste en no tener ninguna irregularidad o impedimento canónico. La aptitud positiva es constituida por el conjunto de cualidades necesarias para cumplir las funciones de modo conveniente y santificarse en tal estado.

Desde el punto de vista natural, esta aptitud engloba las cualidades del cuerpo, del alma y de la familia: carácter apto para ser formado, inteligencia conveniente, comprometimiento académico, juicio recto, madurez intelectual, disciplina moral, familia sana y honorable, salud corporal y psicológica.  Todas estas cualidades son esenciales para el buen éxito de su ministerio sacerdotal. Del mismo modo, él no puede dejarse arrastrar por sus emociones, por los placeres físicos o por el deseo de alabanza y renombre. Tales defectos estorbarían gravemente a sus tareas pastorales y arruinarían a su relación con Dios.

Desde el punto de vista sobrenatural, esta aptitud consiste especialmente en una virtud sólida y probada, sobre todo en lo referente a la castidad y a la obediencia, así como la costumbre de una vida ordinariamente inspirada por el espíritu de fe y el amor a Dios y al prójimo.

Ad catholici sacerdotii

El Papa Pío XI da un excelente resumen de las cualidades que los obispos, directores de seminarios y directores espirituales deben buscar en los aspirantes al sacerdocio:                                                                                                            

No será difícil a la mirada vigilante y experimentada del que gobierna el seminario, que observa y estudia con amor, uno por uno, a los jóvenes que le están confiados y sus inclinaciones, no será difícil, repetimos, asegurarse de si uno tiene o no verdadera vocación sacerdotal. La cual, como bien sabéis, venerables hermanos, más que en un sentimiento del corazón, o en una sensible atracción, que a veces puede faltar o dejar de sentirse, se revela en la rectitud de intención del aspirante al sacerdocio, unida a aquel conjunto de dotes físicas, intelectuales y morales que le hacen idóneo para tal estado.

Quien aspira al sacerdocio sólo por el noble fin de consagrarse al servicio de Dios y a la salvación de las almas, y juntamente tiene, o al menos procura seriamente conseguir, una sólida piedad, una pureza de vida a toda prueba y una ciencia suficiente en el sentido que ya antes hemos expuesto, este tal da pruebas de haber sido llamado por Dios al estado sacerdotal.

Quien, por lo contrario, movido quizá por padres mal aconsejados, quisiere abrazar tal estado con miras de ventajas temporales y terrenas que espera encontrar en el sacerdocio (como sucedía con más frecuencia en tiempos pasados); quien es habitualmente refractario a la obediencia y a la disciplina, poco inclinado a la piedad, poco amante del trabajo y poco celoso del bien de las almas; especialmente quien es inclinado a la sensualidad y aun con larga experiencia no ha dado pruebas de saber dominarla; quien no tiene aptitud para el estudio, de modo que se juzga que no ha de ser capaz de seguir con bastante satisfacción los cursos prescritos; todos éstos no han nacido para sacerdotes.”

Papa Pío XI, Ad Catholici Sacerdotii

Preparación rigorosa y exigente

La preparación para la auténtica vida sacerdotal es, pues, rigurosa y exigente, pero no le falta la recompensa. Cristo mismo, cuando fue interrogado por sus apóstoles, los primeros sacerdotes, cuál sería su recompensa, respondió:                                                                              

Todo aquel que haya dejado casa, hermanos, hermanas, padre, madre, mujer, hijos o tierras por causa de mi nombre, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna". Mt 19,29