Instrumento específico de Dios

Los dos oficios – celebrar la Santa Misa y perdonar los pecados – son los más encumbrados entre los muchos poderes y privilegios que Dios concede a sus Sacerdotes. Por éstas y otras muchas razones, los fieles deben a los ministros elegidos por Dios gran respeto y devoción.

Ofrecer la Misa – renovando así el sacrificio de Cristo en la Cruz – constituye la dignidad principal del Sacerdote. Mientras celebra la sagrada liturgia, el Sacerdote asume el papel del Hijo de Dios, que se ofrece amorosamente al Padre en nombre de toda la humanidad. Cuando el Sacerdote pronuncia las palabras de la Consagración, vuelve a realizar el sacrificio de Cristo en el Calvario, separando él mismo la preciosísima Sangre de Nuestro Señor de Su sagrado Cuerpo. En ese momento el Sacerdote literalmente toma a Dios en sus manos y lo eleva para que las personas puedan adorar a su Salvador.

El Sacerdote, además de ser el instrumento específico que Dios usa para manifestarse diariamente a la Iglesia, también distribuye la gracia divina cuando da la Comunión a los fieles. Las personas reciben entonces a Dios directamente de las manos del Sacerdote.

Sin embargo, la dignidad del Sacerdote no se limita sólo a la Misa; también comparte otra prerrogativa divina cuando perdona los pecados mediante el sacramento de la Penitencia. Cristo, al decir a Sus Apóstoles que los pecados que perdonaran serían perdonados y que los pecados que retuvieran serían retenidos, deseaba claramente que el medio normal para volver a la gracia de Dios fuera a través de la absolución del Sacerdote. Por lo tanto, la forma ordinaria por la que un alma pasa de la muerte del pecado a la vida de la gracia es a través del sacerdocio católico. Sólo las almas en estado de gracia pueden entrar en el Paraíso; por consiguiente, Dios ha confiado a Sus Sacerdotes las mismas llaves del Cielo.

Exhortación de San Pío X

Pero inmerso en toda su actividad, el Sacerdote debe tener hondamente grabada en la mente la advertencia solemne de San Pablo: “Ni el que planta es algo, ni el que riega; sino Dios, que es quien hace crecer” (I Cor. 3, 7).

Podrá ir echando las semillas entre lágrimas, podrá luego cuidar el campo sin rehuir la fatiga: pero que la semilla germine y llegue a dar los frutos deseados depende sólo de Dios y de su auxilio todopoderoso. Hay que insistir en que los hombres no son más que instrumentos de los que Dios se sirve para la salvación de las almas.

Lo son sobre todo al ofrecer el Sacrificio por excelencia, que cada día se renueva para la vida del mundo. Deben, por eso, ponerse en la misma disposición de alma que Cristo tuvo cuando se ofreció al Padre en el altar de la Cruz como hostia inmaculada.

Aquel que tenga santidad y por la santidad se distinga, por humilde que parezca puede emprender y llevar a buen fin obras de gran provecho para el pueblo de Dios, En realidad, la única cosa que une al hombre con Dios, que lo hace agradable a sus ojos y que hace de él un instrumento digno de su misericordia es la santidad de vida y de costumbres, manifestada en la entera sumisión a la voluntad de Dios que lo asemeja a Cristo crucificado."

San Pío X, Extractos de la Encíclica Haerent Animo