Otro Cristo

Dice el Apóstol: “Todo hombre nos considere como ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios” (I Cor. 4, 1); somos embajadores de Cristo (II Cor. 5, 20).

Los Sacerdotes católicos sirven principalmente como mediadores entre Dios y los hombres, uniendo los ámbitos humano y divino por medio de la persona de Cristo. Según palabras de San Pablo, ellos son ministros de Cristo y los dispensadores de los misterios de Dios, tomados de entre los hombres pero establecidos en pro de los hombres en las cosas que conciernen a Dios. Por lo tanto, los Sacerdotes constituyen un vínculo indispensable que une el Cielo con la Tierra.

La mediación sacerdotal opera principalmente a través de los sacramentos, la oración y la predicación. Este cometido exige una gran santidad por parte de cada Sacerdote, pues él es el servidor íntimo de Dios. El sacerdocio también requiere un gran conocimiento de las verdades morales y religiosas, el desapego de las cosas de este mundo, una obediencia generosa a la voluntad divina y un deseo de sacrificarse por el bien de demás. En última instancia, el Sacerdote es “otro Cristo”, el instrumento escogido por Dios para la Salvación.

El sacerdocio católico fue instituido directamente por Dios como el medio principal y ordinario para salvar y santificar a las almas. Jesucristo, justo antes de sufrir en la Cruz para redimir a la raza humana caída, ordenó Sacerdotes a Sus doce Apóstoles, mandándoles ofrecer el Sacrificio de la Misa en Su Nombre, les otorgó el poder de perdonar los pecados y, antes de ascender gloriosamente al Cielo, les ordenó que difundieran la buena nueva del cristianismo por todo el mundo.

Exhortación de San Pío X

Por esto el Sacerdote ha de procurar no dejarse llevar por un celo desmedido de perfección interior, que le haga descuidar algunas de las obligaciones de su ministerio que se refieren al bien de los fieles: predicar la palabra divina, oír confesiones, asistir a los enfermos y especialmente a los moribundos, instruir a los que ignoran la fe, consolar a los afligidos, recuperar a los extraviados por el error, imitando en todo a Cristo, que “pasó haciendo el bien y curando a los que estaban bajo el poder del demonio” (Hech. 10, 38).

Cualquiera que ejerce el Sacerdocio no lo ejerce solo para sí, sino también para los demás. Porque 'todo pontífice tomado de entre los hombres, está constituido para los hombres, en las cosas de Dios' (Heb. 5, 1). Jesucristo expresó el mismo pensamiento cuando, para explicar la función que cumplen los Sacerdotes, los compara a la sal y a la luz. Por consiguiente, el Sacerdote es luz del mundo y sal de la tierra.

Con razón San Carlos Borromeo insistía en sus discursos al clero: 'Si considerásemos, queridísimos hermanos, cuan grandes y santas cosas ha puesto Dios en nuestras manos, ¡que fuerza tendría esta consideración para llevarnos a vivir una vida digna de Sacerdotes! ¡Que es lo que el Señor no ha puesto en mis manos, cuando ha puesto a su propio Hijo único, coeterno y consustancial a Sí mismo! Ha puesto en mis manos todos sus tesoros, todos sus Sacramentos, todas sus gracias; ha puesto en mis manos las almas, que es lo que más quiere, a las que ha amados más que a sí mismo, a las que ha comprado con su sangre; ha puesto en mis manos el mismo cielo, que puedo abrir y cerrar a los demás'."

San Pío X, Extractos de la Encíclica Haerent Animo