Vida del seminarista

"¿Por qué no seguiré yo a Nuestro Señor más completamente, para subir al altar y ofrecer el santo sacrificio, ofreciéndome como víctima junto con Él? Esto es la vocación del sacerdote." Mons. Lefebvre

¡Qué lección para los seminaristas es el fragmento del Evangelio en que Nuestro Señor llamó a los Apóstoles! "Dejadas todas las cosas..." (Lc. 5, 11). Ellos también dejan su lugar, sus padres y su familia. Abandonan todas las cosas para seguir a Nuestro Señor Jesucristo y vienen al Seminario como los Apóstoles se fueron al Seminario de Nuestro Señor, en el cual pasaron tres años, escuchándolo, viéndolo obrar, y admirando su enseñanza y sus virtudes.

De igual modo, los seminaristas meditan las enseñanzas de Nuestro Señor transmitidas por medio de la Iglesia de siempre, y meditan sus virtudes y procuran imitarlas. Y así, son formados en el espíritu da la Iglesia, que es el espíritu de Nuestro Señor, tal cual fue transmitido y expresado a través de los siglos en la Tradición, en las decretales de los Papas, en las declaraciones conciliares y en los cánones de la Iglesia.

El reglamento del seminario

La regla es el instrumento principal que preside, en el Seminario, a la orientación común de las voluntades y de los esfuerzos hacia un ideal sacerdotal. No hay progreso alguno, en ninguna empresa ni en ninguna vida moral, sin la preponderancia de una regla: y ello es mucho más cierto cuando se trata de la preparación al sacerdocio.                                                                                                                           

La disciplina de vida del Seminario, comúnmente conocida como reglamento, se inspira en el Derecho Canónico, que expresa el espíritu en que la Iglesia desea formar a sus sacerdotes. En efecto, nadie posee mejor que nuestra Madre, la Santa Iglesia, Esposa real del Salvador, el sentido de Nuestro Señor Jesucristo y, por ende, el sentido de su sacerdocio, que Ella está encargada de perpetuar.

Los seminaristas pueden alcanzar la santidad requerida por la Iglesia en un sacerdote, a través de los medios que les ofrece el Seminario: Misa diaria, meditación, rosario, rezo de las horas del Oficio Divino, como también la exposición del Santísimo Sacramento, retiros ignacianos, retiros mensuales, y confesión semanal acompañada de dirección espiritual.

Las directivas tienden más a formar a los seminaristas en las virtudes necesarias para un sacerdote, que a ser un código estricto de vida en el Seminario. Lo que importa es que los aspirantes entren por sí mismos en el espíritu de estas prescripciones, las deseen y contribuyan por su ejemplo a su aplicación, persuadidos de que ellas son indispensables para crear en el Seminario un ambiente de modestia, de pobreza, de recogimiento, de estudiosidad, de piedad, de caridad y de respeto mutuo, que son esencialmente virtudes sacerdotales.

Bienaventurados los seminaristas que, desde su entrada en el Seminario, consideran el reglamento como su deber y se someten a él con generosidad."

Monseñor Marcel Lefebvre, Extractos del Reglamento de los Seminarios