El lenguaje de Dios

Hoy el hombre está rodeado de ruido: no sólo el ruido audible, sino también las imágenes, los sonidos y la información, hasta tal punto que no puede imaginar un mundo sin teléfono celular, internet y TV. ¿Cuál es el valor del silencio?

Para responder a esta pregunta, basta mirar sencillamente lo que es el Seminario. Es un lugar de formación: formación tanto en la vida espiritual como en el nivel de los estudios. Su doble objetivo es impartir a los candidatos al sacerdocio la santidad y el conocimiento requeridos por su vocación: pietas et doctrina. La piedad, esto es, la vida interior, la santidad, debe conjugarse con la doctrina, esto es, con el estudio, con la instrucción en las verdades reveladas. Pero ambas cosas reclaman recogimiento, soledad y tranquilidad. Y es el silencio el que crea esta atmósfera propicia.

Así pues, el propósito del silencio no es menospreciar el sonido y la conversación con los demás, sino mantenerse frente a Dios en una actitud de escucha, para oír y recibir lo que Él quiere darnos. El silencio es la base del recogimiento, y es absolutamente indispensable para un trabajo académico serio y para el progreso en la vida interior.

Este silencio material, sin embargo, es sólo un medio para ayudar a mantener otro silencio más importante y fundamental, el silencio interior.

El silencio interior

El principio del recogimiento y de la oración no es tanto el silencio exterior como el interior. Este es el silencio consistente en no dejarse distraer y absorber por las cosas que nos rodean, haciendo la guerra al ruido interior procedente de las pasiones, preocupaciones y distracciones de mil géneros.

Este silencio es el que permite la reflexión interior, y se opone a la curiosidad, que no hace más que buscar oportunidades para evadirse y entretenerse con las cosas del mundo.

La unión con Dios en la oración o el recogimiento no es posible sin el silencio. El que se distrae constantemente no puede estar atento a la gracia ni a la voz de Dios.

El silencio, atmósfera del seminario

“El silencio”, dice Monseñor Lefebvre en el Reglamento, “debe ser la misma atmósfera del seminario”. Por eso alienta a los seminaristas a mantenerlo, no sólo en beneficio propio, sino también por el bien de los demás; razón por la que es, en realidad, “un gran acto de caridad”. El seminarista silencioso permite el estudio, la oración y el descanso de todos los demás compañeros.

Aunque vaya contra la inclinación natural de los sentidos, el silencio es esencial para un alma en formación. Proporciona también ocasión de practicar la templanza y la caridad, y, sobre todo, facilita la acción de Dios en el alma, porque Dios habla en el silencio.