La ciencia de Dios

“Los labios del sacerdote han de guardar la ciencia, y de su boca han de buscar los hombres la instrucción, pues él es el mensajero del Señor de los Ejércitos” (Mal 2, 7).

“Venid y subid esta montaña conmigo”. Esto es lo que Cristo pide de cada seminarista, como se lo pidió a sus apóstoles predilectos, Pedro, Santiago y Juan, al pie del monte Tabor. Esta montaña puede simbolizar muchas cosas, pero para el seminarista significa ante todo el esfuerzo por adquirir la ciencia de Dios.

La atmósfera del seminario conduce a la sumisión de la mente, de la voluntad y del corazón, a aquella docilidad que permite al seminarista recibir la verdad de Nuestro Señor Jesucristo.

Durante seis años, los seminaristas estudian la ciencia de Nuestro Señor Jesucristo, “el misterio de Cristo” del que tantas veces habla San Pablo, con el deseo de comunicarlo. Ya se trate de la filosofía, de la teología, del derecho canónico o de la liturgia, todo se reduce a Nuestro Señor Jesucristo. Él es el centro de todos los estudios del seminario.

Años de estudio y meditación

Los años de seminario son quizás un poco largos para los seminaristas. Muchos, tal vez, desearían acortarlos para llegar más rápido a la ordenación sacerdotal. Sin embargo, tienen que saber que les son profundamente útiles. Necesitan meditar la Sagrada Escritura.

Tienen que conocer la Revelación hecha a las naciones (Lc. 2,32), como dijo el anciano Simeón, y ahondar en las verdades que Jesús ha venido a enseñarnos. Así que seis años no son demasiados para prepararse a predicar a Nuestro Señor Jesucristo.

A lo largo de su seminario, los seminaristas reflexionan sobre lo que la eternidad es con relación al tiempo, el espíritu con relación a la materia y, en definitiva, Dios con relación a las pobres criaturas que somos nosotros. Reflexionan – como decía tan bien la gran Santa Catalina de Siena – “sobre Aquel que es todo, y sobre el que no es nada”. Nuestro Señor es nuestro todo, y nosotros no somos nada, pues no somos sino criaturas, y criaturas pecadoras. 

Igualmente, contemplan el gran amor que les tiene Nuestro Señor Jesucristo, ese amor inmenso que los prepara a recibir el don del sacerdocio gracias a su Cruz y a su Sangre, que los ha redimido y les ha sido concedida mediante el bautismo y los demás sacramentos que han recibido."

Monseñor Marcel Lefebvre, La Santidad Sacerdotal, Libro 1, Parte 1ª, Capítulo 2