Oxígeno para el alma

La oración debe regir la vida de un seminarista. Los momentos de oración son las grandes pautas de su jornada; se podría decir que, en cierto modo, su día es una oración.

La definición clásica de la oración es: “Elevación de la mente y del corazón a Dios”. Por mente se designa el entendimiento y todo el modo de pensar del hombre, y por corazón se designa su voluntad y todos sus afectos y aspiraciones.

El hombre necesita rezar, ya que la oración es para él lo que el oxígeno es para el cuerpo: lo abre a Dios y lo llena de la gracia que da vida. Pero si cada hombre tiene que rezar, mucho más debe hacerlo el seminarista, que viene al Seminario para consagrarse al servicio de Dios, convirtiéndose en un clérigo y en un ministro de la Iglesia. En cuanto tal, su primera obligación es rezar, y hacia la oración se encamina todo lo que recibe en el transcurso de su formación en el Seminario.

En efecto, a él le tocará tributar a Dios, su Padre y Creador, alabanzas por su infinita Majestad y acciones de gracias por sus muchos beneficios, al mismo tiempo que pedirle todos los bienes y gracias necesarias para sí mismo y su rebaño, y ofrecerle reparación por todos sus pecados, ofensas y negligencias. Sin la oración, no puede aspirar a lograr una fecundidad firme y duradera en su ministerio. Si, al descuidar la oración, pretende convertirse en la primera causa del apostolado en lugar de Dios, puede estar seguro de la pronta esterilidad e ineficacia de su acción entre las almas.

Es necesario orar siempre

En la vida del seminarista, la oración debe animar cada uno de los momentos del día. Para ello están previstos cuatro momentos de oración en común:

  1. el primero prevé la Misa de comunidad, precedida por la oración de la mañana y la meditación, y seguida por la acción de gracias.
  2. el segundo tiene lugar al mediodía, y se reza entonces el oficio de Sexta.
  3. el tercero corresponde a los ejercicios de la tarde, que incluyen el rezo del Santo Rosario y la oración a San José.
  4. el cuarto lo constituye el canto del oficio de Completas, seguido del examen de conciencia y de un tiempo de oración personal.

El seminarista aprovecha de un gran tesoro con la oración cotidiana de los oficios de Prima, Sexta y Completas, además del rezo de Vísperas en las grandes fiestas. Eso lo familiariza con la oración común de la Iglesia, el Oficio Divino, que enseña la piedad propia que Ella pretende difundir universalmente entre sus clérigos y religiosos.

Con la oración comienza y termina el seminarista cada una de sus actividades, como las diferentes clases, trabajos y comidas. Es más, las distintas acciones del día pueden convertirse en oración, ya sea por el uso frecuente de oraciones jaculatorias en el transcurso de las mismas, ya sea sobre todo por el ofrecimiento generoso hecho a Dios de cada una de ellas, con miras sobrenaturales y con el afán de agradarle en todo. Al cultivar diligentemente estos medios de unirse con Dios, el día del seminarista se convierte en una oración continua que da gloria a Dios, obtiene numerosas gracias para las almas, y merece la vida eterna.