La vida litúrgica

La liturgia es el medio de vida del futuro sacerdote. Es a la vez fuente de vida sobrenatural y maravillosa maestra de las actitudes in­teriores y exteriores hacia Dios, los Santos y hacia el prójimo.

La liturgia, por las palabras divinas que pone en los labios, por las actitudes y gestos, educa con exquisita delicadeza las virtudes del alma cristiana, y especialmente de las almas consagradas a Dios.

Todo en el Seminario está ordenado a hacer vivir al Seminarista de la liturgia católica. La Santa Misa, que su cumbre y su centro, es también el centro de la vida espiritual del Seminarista, que ha de esforzarse en descubrir sus misterios y unirse a ellos con toda su alma.

Todo el año se encuentra eslabonado por la celebración solemne de las grandes fiestas litúrgicas, tanto de los misterios de Nuestro Señor Jesucristo como de la Santísima Virgen y de los Santos.

Y el conocimiento que adquiere del Misal, del Ritual y del Breviario le permite familiarizarse con las grandes enseñanzas y riquezas de la liturgia.

Cargos litúrgicos

Al realce de la vida litúrgica colaboran los Seminaristas mediante varios cargos, como son:

  • los ceremonieros, designados para aprender y enseñar luego a los demás los ritos y su significado, a fin de ponerlos por obra con la inteligencia, unción y respeto que convienen a las realidades santas que expresan;
  • los sacristanes, que contribuyen a la belleza de las ceremonias por los cuidados que aportan al mantenimiento de la capilla, de los objetos sagrados, y de todos los lugares destinados al culto;
  • la schola cantorum, cuyos miembros, conocedores del canto gregoriano, permiten solemnizar con el canto y la música las ceremonias sagradas.

Dedicados así a la Santa Misa, como la misma Fraternidad San Pío X, los Seminaristas deben adquirir un gran amor y veneración a Jesús Sacramentado.

La gran oración de la Iglesia

La gran oración de la Iglesia es el santo sa­crificio de la misa, como la gran oración de Nuestro Señor Jesucristo fue su Calvario. Sobre la Cruz es donde fue el mayor orante, y el sacri­ficio de la misa constituye la gran oración de la Iglesia, a la cual ella pide que todos los fieles se asocien íntima y profundamente, ado­rando a Dios, adorando a Nuestro Señor Jesucristo, adorando a su Creador y adorando a su Redentor.

¡Qué maravillosa oración la que Jesús transmitió a la Iglesia! Y, en esta oración, quiso que participemos de su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, para que tam­bién nosotros nos volvamos orantes como Él. Que toda nuestra vida sea una oración, una ofrenda, un canto y un cántico de acción de gracias. Eso, queridos amigos, es lo que Jesús ha transmitido a su Iglesia y lo que vosotros tenéis que hacer.

La única gran oración es el santo sacrificio de la misa. Éste será el corazón de vuestro apostolado. No podréis entender nada sobre vuestro apostolado si no entendéis qué es el sacrificio de la misa, porque el santo sacrificio de la misa es la gran oración de Nuestro Señor. El Calvario fue la gran oración de Nuestro Señor. Ahí es donde se ofreció realmente a Dios su Padre, y ahí también es donde encontraréis la fuente de todo vuestro apostolado y el celo que os hace falta para ir a predicar a las almas. Pues vuestra misión es atraer a las almas a Nuestro Señor Jesucristo y al altar."

Monseñor Marcel Lefebvre, La Santidad Sacerdotal, Libro 2º, Parte 2, Capítulo 1