Seminario Nuestra Señora Corredentora
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Amor de Jesús

Jesús sabe amar; en su Corazón sacratísimo hay para todas las almas un amor tierno, ardiente, delicado, fecundo y sacrificado.

Pero ese amor de Jesús, abarcando todas las almas, se hace más tierno e íntimo para las almas sacerdotales, como los rayos del sol que bañan toda la tierra se hacen más espléndidos sobre la nieve de las cumbres. Cumbres somos los sacerdotes en el orden sobrenatural, porque estamos más cerca de Dios, más unidos con el supremo Sacerdote; cumbres, porque debemos estar henchidos de la gloria de Dios, y porque desde las alturas de nuestra dignidad deben derramarse en las almas las gracias de Dios, como descienden de las cimas nevadas, cuando el sol las besa, las aguas vivificantes que fecundan los valles.

Tiene razón de amarnos tanto Jesús, porque en nosotros ama al Padre, porque en nosotros ama a las almas, porque se ama a Sí mismo en nuestra pequeñez engrandecida.

¿Podría habernos dado mayores gracias que las que nos dio? ¡Hacernos glorificadores del Padre, instrumentos del Espíritu Santo; hacernos otros El; poner en nuestras manos sus más ricos tesoros: la Eucaristía y las almas; confiarnos la suerte de su Iglesia y el porvenir eterno de los que ama; dejar a nuestro cuidado, para que corran la suerte que nos plazca, sus méritos, que le costaron tan grandes dolores; hacer que sus poderes sean nuestros poderes y su misión la nuestra; que sus alegrías sean nuestras alegrías y sus dolores nuestros dolores! ¡Oh!, razón tenía el Santo cura de Ars para decir: “Solamente en el cielo sabremos lo que es un sacerdote. Si lo supiéramos en la tierra, moriríamos, no de dolor, sino de amor”.

Dios hizo inmensos nuestros corazones en el día de nuestra ordenación para que pudieran caber El y las almas…, y llenó esa inmensidad con la luz de su sabiduría, con la dulzura de su amor y con las riquezas de su omnipotencia; la llenó con El mismo, con su propio Corazón, que es la porción de nuestra herencia y de nuestro cáliz. No me llama la atención que nos ame tanto; lo que me asombra, lo que me hace morir de dolor, es que nosotros no le amemos más que todas las almas; lo que me asombra es que nos ame aun manchados, aun infieles, aun ingratos, aun traidores y —¡oh prodigio de amor!— que su ternura para nosotros parezca ahondarse y dilatarse cuando nosotros hundimos en el cieno nuestra dignidad y pagamos su amor con perfidia, hasta convertir contra Él y las almas sus mismos dones, prendas de su amor y frutos de sus dolores.

Pero así es, así nos ama, y quienquiera que tenga alguna experiencia de almas sacerdotales, puede dar testimonio de que Jesús, siempre paciente con las almas, con los sacerdotes lo es más, y, siendo siempre generoso, con ellos lo es sin medida, y teniendo para las almas tesoros de ternura, para ellos tiene abismos.

Me parece que Jesús tiene normas especiales para los sacerdotes tratándose de perdonar y transformar. Hay gracias especiales, y ternura exquisita, y paciencia increíble y olvido excepcional, y medida de gracias colmada y sobreabundante para los sacerdotes.

Digo mi propio sentir: No desespero de un alma sacerdotal cuando me vería tentado de desesperar de otras almas.

Nosotros somos la gloria y la vergüenza de Jesús, su consuelo y su martirio, su alegría más íntima y su más cruel dolor. Somos su fuerza y su debilidad, su esperanza y su temor. Somos como un martirio. Nos pusiste, ¡oh Jesús!, en tu Corazón divino y allí hemos de estar, ya seamos las llamas ardientes de tu caridad, o la cruz interna de tus dolores…

¡Cómo debemos agradecerte que nos hayas unido tan estrechamente a Ti; que tu Corazón divino sea para nosotros morada permanente, y que en él seamos llama, y, más, que seamos cruz, aunque quisiéramos no haberlo sido nunca!…

Dios se complace en ser amado como nosotros lo amamos; esto es, en medio de oscuridades y miserias, con la timidez de quien es pequeño, con las vicisitudes propias de la tierra, con las vacilaciones de lo que es débil, con los eclipses de lo que es transitorio, y que, a pesar de esas imperfecciones, tenga nuestro pobre amor, por lo divino que el Espíritu Santo puso en él, la audacia de los anhelos, la sublimidad del heroísmo, la fuerza de la generosidad, la pureza del desinterés, el ardor y la fuerza y la constancia y la inmortalidad de lo que es divino. ¡Cómo ha de complacer a Dios que seamos puros en medio del lodo, fieles entre los peligros, leales en las luchas, amantes en las pruebas, firmes en las vicisitudes, y que en medio de nuestras lágrimas le sonría nuestro amor, y que, debatiéndonos entre todas las miserias de la tierra y las flaquezas de nuestro corazón, le digamos osadamente: “¡Te amo, a pesar de todo; Tú lo sabes, puedes estar seguro de mi amor!”.

Monseñor Martínez (Jesús)