¿Tengo yo vocación?

La vocación no es el hecho del llamamiento milagroso o extraordinario, sino el florecimiento de un alma cristiana que se aferra a su Creador y Salvador Jesucristo con amor exclusivo, y comparte su sed de salvar almas.

La primera señal del llamamiento de Dios es el deseo de ofrecer la propia vida y ponerla a disposición de Nuestro Señor para ayudarle a completar la obra de la Redención, de cualquier modo que sea, siempre y cuando se tengan las debidas disposiciones de espíritu, de corazón y de cuerpo.                                                                    

Para saber si Dios llama a uno a la vida religiosa, no hay que esperar a que el mismo Dios le hable o le envíe un ángel del cielo que le declare su voluntad. Tampoco es menester someter nuestra vocación a un examen de diez doctores para saber si debemos o no seguirla.

Lo que sí importa mucho es corresponder y cultivar el primer movimiento de la inspiración divina, y luego, no turbarse ni desalentarse por los disgustos y frialdad que sobrevengan. Obrando así, Dios se encargará de que todo redunde en su mayor gloria."

San Francisco de Sales

Otras señales subjetivas

 

En general, se pueden considerar como llamados al servicio de Dios todos aquellos que no sienten un gusto decidido a vivir en el mundo. Pero hay otras señales positivas de la verdadera vocación. Las principales son las siguientes:

1º El temor de perder el alma en el mundo, mientras que se tiene la esperanza justificada de salvarse en una vida consagrada a Dios; es una señal que se presenta con más fuerza si hay disposiciones personales o situaciones particulares que hacen más inminente el peligro de una vida en el mundo.

2º Un cierto disgusto hacia la vida mundana, sus costumbres y usos, sus conveniencias exigentes, como por ejemplo las visitas, los cumplidos, las reuniones de gala, etc.; cosas lícitas en sí mismas, pero que Dios hace a veces fastidiosas a las almas que quiere retirar del mundo y hacer vivir entre sus elegidos, donde las relaciones son más sencillas, más familiares, y no imponen tanta coacción. A esta aversión por las relaciones mundanas puede añadirse un cierto gusto por la vida que se lleva entre los clérigos, lo cual da nueva fuerza a la señal de vocación.

Hay que observar aquí que a veces se encuentran almas cautivadas por un gusto apasionado por los placeres y goces de esta tierra, que puede llegar a oscurecer y como a recubrir una vocación verdadera. No se trataría entonces más que de una tentación, y no de una señal de que no se tiene vocación; y es que se manifiesta como mala y reprensible, porque hace experimentar una cierta turbación de espíritu cuando el alma se deja llevar por ella, conduce a la tibieza y a la relajación en los ejercicios de piedad, llena de orgullo y de vanidad, hace sentir un vacío y un cierto descontento de sí mismo cuando se ha participado de estos placeres y satisfacciones mundanas, aunque no haya falta grave que reprocharse.

3º Una menor aptitud a vivir en el mundo en conformidad con las exigencias del propio rango, cuando se podría cumplir con facilidad los deberes del estado eclesiástico.

4º Una elevada estima por el estado eclesiástico, el deseo de ser promovido a él acompañado de un cierto pesar a la idea de no poder llegar a él. Cuanto más manifiesto es este deseo y más pronunciado es este pesar, tanto más decisivos son en favor de una auténtica vocación.

5º Adelantamiento en virtud y en piedad; lucha perseverante contra los defectos de carácter; práctica valiente de la renuncia por amor a Dios; todo eso suscitado y estimulado por el pensamiento de una vida consagrada a Dios. Una nueva garantía se añade a esta prueba, si la perspectiva de vivir en el mundo lleva a la relajación en el cumplimiento de los deberes, disminuye el fervor, excita el deseo de satisfacer los apetitos y afectos desordenados de nuestra naturaleza.

6º Una experiencia más señalada de este deseo de una vida consagrada a Dios, en momentos de recogimiento y de fervor, por ejemplo después de la sagrada Comunión y otras circunstancias parecidas: momentos en que Dios acostumbra a hablar a nuestros corazones y a inspirarnos según sus designios de gracia sobre nuestra vida.

Esta prueba de vocación es grande, sobre todo cuando estos deseos sobrevienen después de la sagrada Comunión. Si, al contrario, en semejantes momentos, el corazón se sintiese atraído hacia otra parte, y eso con paz, dulzura interior y sin esfuerzos por nuestra parte, sería una prueba de no vocación, o al menos un aviso para examinar mejor las cosas y no precipitarse. Los buenos deseos que vienen realmente de la gracia van acompañados de una gran paz y de una firme voluntad de hacer lo que agrada a Dios.

La presencia simultánea de todas estas señales no es necesaria para garantizar una vocación verdadera; basta tener un cierto número de ellas. Si no se ven contrapesadas con señales opuestas de fuerza equivalente, la presencia de una vocación está plenamente probada."

Venerable Padre François-Marie-Paul Libermann